La participación concreta en las necesidades de la comunidad eclesial más amplia ha adoptado diversas formas a lo largo de la historia, a través de colectas y donaciones de fieles individuales o de Iglesias locales enteras.
Jesús, en su vida pública dedicada al anuncio de la Buena Nueva, aceptó ayudas materiales para mantenerse junto con el grupo de los doce apóstoles (Lc 8, 1-3). Con esas ayudas se socorría también a los más necesitados (Jn 12, 4-7). En los viajes apostólicos de san Pablo, el donar y el compartir constituyeron, desde el principio, dos de los temas de su predicación, en la que invitaba a la colecta en favor de la Iglesia Madre de Jerusalén (cf. Rom 15, 25-28; 1 Cor 16, 1-4).
Esta participación concreta en las necesidades de la comunidad ha adoptado diversas formas a lo largo de la historia, haciendo surgir la conciencia de que todos los bautizados están llamados a apoyar, según sus posibilidades, la obra de evangelización y, al mismo tiempo, a socorrer a los más necesitados en cualquier parte del mundo.