ÓBOLO DE SAN PEDRO: UNA HISTORIA TAN ANTIGUA COMO LA IGLESIA

De los orígenes a la época moderna

El Óbolo de San Pedro, en el mismo significado de las palabras, representa una ofrenda pequeña en su dimensión, pero con un gran espíritu y una gran perspectiva. Es aquello que cada fiel siente que puede entregar al Papa para que él provea a las necesidades de toda la Iglesia, especialmente allí donde hay mayor dificultad.

No por casualidad el Óbolo, como donación al sucesor de Pedro, se estableció en el siglo VII con la conversión de los anglosajones, relacionado con la fiesta del apóstol a quien Jesús le confió su Iglesia. En los siglos sucesivos se amplió con la adhesión al cristianismo de otros pueblos europeos, siempre como una contribución de reconocimiento y atención al Papa, como una expresión de unidad y de corresponsabilidad eclesial.

Posteriormente, los obispos de todo el mundo reunidos en el Concilio Vaticano II a inicios de los años 60, reasumieron e iluminaron el significado de los bienes materiales para la Iglesia.

En la Constitución apostólica Gaudium et Spes, promulgada por el Papa Pablo VI en 1965, ellos escriben: «Las realidades temporales y las realidades sobrenaturales están estrechamente unidas entre sí, y la misma Iglesia se sirve de medios temporales en cuanto su propia misión lo exige» (GS 76).

Aun más, ese mismo año en el Decreto sobre el Apostolado de los laicos, el Concilio recuerda que Cristo, «tomando la naturaleza humana, se asoció familiarmente a todo el género humano, con una cierta solidaridad sobrenatural, y constituyó la caridad como distintivo de sus discípulos con estas palabras: “En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tenéis caridad unos con otros” (Jn 13, 35) […] Así, la Iglesia se reconoce siempre por este distintivo de amor, y mientras se goza con las iniciativas de otros, reivindica las obras de caridad como deber y derecho suyo inalienable. Por esto, la misericordia para con los necesitados y enfermos, y las llamadas obras de caridad y de ayuda mutua para aliviar todas las necesidades humanas son consideradas por la Iglesia con un singular honor» (AA 8).

Así, la caridad del Papa, sostenida por el Óbolo de San Pedro, tiene como extensión toda la humanidad, a cuyo servicio están las estructuras de la Iglesia. Por ende, el Óbolo también contribuye a sostener la Sede Apostólica y las actividades de la Santa Sede, como recordó el Papa Juan Pablo II: «Conocéis las crecientes necesidades del apostolado, las exigencias de las comunidades eclesiales, especialmente en tierras de misión, y las peticiones de ayuda que llegan de poblaciones, personas y familias que se encuentran en condiciones precarias. Muchos esperan de la Sede Apostólica un apoyo que, a menudo, no logran encontrar en otra parte» (Juan Pablo II al Círculo de San Pedro, 28 de febrero de 2003). En esta apertura actual de la Iglesia a todos los hombres, el Papa es un constructor legítimo y desinteresado de la paz y de la unidad entre los pueblos.

«La Iglesia -escribió el Papa Benedicto XVI en su primera encíclica, Deus Caritas est- nunca puede sentirse dispensada del ejercicio de la caridad como actividad organizada de los creyentes y, por otro lado, nunca habrá situaciones en las que no haga falta la caridad de cada cristiano individualmente, porque el hombre, más allá de la justicia, tiene y tendrá siempre necesidad de amor» (DCE 29). No se trata, sin embargo, de restringirse a una «organización asistencial genérica, convirtiéndose simplemente en una de sus variantes […] El programa del cristiano —el programa del buen Samaritano, el programa de Jesús— es un ‘corazón que ve’. Este corazón ve dónde se necesita amor y actúa en consecuencia» (Deus Caritas Est 31).

En referencia directa al Óbolo, el Papa Benedicto quiso posteriormente destacar su significado eclesial particular: «El Óbolo de San Pedro es la expresión más típica de la participación de todos los fieles en las iniciativas del Obispo de Roma en beneficio de la Iglesia universal. Es un gesto que no solo tiene valor práctico, sino también fuertemente simbólico, como signo de comunión con el Papa y de solicitud por las necesidades de los hermanos» (Discurso a los socios del Círculo de San Pedro, 25 de febrero de 2006).

Actualmente, la colecta del Óbolo de San Pedro se realiza en todo el mundo católico, generalmente el 29 de junio o el domingo más cercano a la Solemnidad de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo. Las ofrendas llegan de diversos modos y confluyen para formar el Óbolo que después es redistribuido, según las indicaciones del Papa, a quienes tienen necesidad. El criterio general que inspira esta práctica recuerda a la Iglesia primitiva, pues son las ofrendas dadas espontáneamente por los católicos de todo el mundo, y también por otras personas de buena voluntad, para servir a los demás.

«El cristiano -destaca el Papa Francisco- no es una persona aislada, pertenece a un pueblo: este pueblo que forma Dios. No se puede ser cristiano sin tal pertenencia y comunión. Nosotros somos pueblo: el Pueblo de Dios» (Palabras durante el Ángelus de la Solemnidad de la Santísima Trinidad, 27 de mayo de 2018). Y hay una clave para comprender el sentido de esta pertenencia eclesial que el Papa Francisco resume así: «Jesús nos enseña el servicio como camino del cristiano. El cristiano existe para servir, no para ser servido» (Homilía en la misa cotidiana en la Casa de Santa Marta, 26 de abril de 2018).

 

POCO O MUCHO, NO IMPORTA.
DONAR ES UNA ALEGRÍA