EL ÓBOLO DE SAN PEDRO Y EL PAPA FRANCISCO

Un vínculo antiguo

Desde el inicio de su pontificado, el Papa Francisco ha recordado a todos que cada hombre y cada mujer está considerado en el gran proyecto de amor de Dios Padre. La Iglesia no es un grupo selectivo, todos están llamados a ser parte del Pueblo de Dios.

Como ha escrito: «Pequeños, pero fuertes en el amor de Dios, como san Francisco de Asís, todos los cristianos estamos llamados a cuidar la fragilidad del pueblo y del mundo en que vivimos» (Evangelii Gaudium, 216).

El Óbolo de San Pedro, como gesto de caridad ferviente, por lo tanto, es para él una respuesta comunitaria de la Iglesia universal a las exhortaciones evangélicas y bíblicas que invitan al amor fraterno, al servicio humilde y generoso, a la justicia, a la misericordia con el pobre. Jesús ha indicado este camino de reconocimiento del otro para que todos puedan sentirse acogidos, amados y animados a vivir según la buena vida del Evangelio.

Se trata de responder a una pregunta permanente que se nos dirige a todos, y que en la Biblia está en la misma boca de Dios y nos sigue interpelando: «¿Dónde está tu hermano?» (Gn 4, 9).

El Óbolo no es solo un gesto de caridad, un modo de sostener la acción del Papa y de la Iglesia universal especialmente en favor de los últimos y de las iglesias en dificultad. Es, además, una invitación a poner atención y a ser cercanos a nuevas formas de pobreza y de fragilidad, en las cuales estamos llamados a reconocer al Cristo sufriente, a ponerlas al centro del camino de la comunidad eclesial.

A través de este camino podemos evangelizar nuestras sociedades y estilos de vida tan individualistas, habitualmente indiferentes al destino de hermanos y comunidades que están a las puertas de nuestras casas y de nuestros países.

El Papa Francisco también dice: «Estamos llamados a descubrir a Cristo en ellos, a prestarles nuestra voz en sus causas, pero también a ser sus amigos, a escucharlos, a interpretarlos y a recoger la misteriosa sabiduría que Dios quiere comunicarnos a través de ellos» (Evangelii Gaudium, 198).

Así, la caridad se transforma en un movimiento que también regenera las relaciones sociales, económicas y políticas, con el fin que nadie permanezca tranquilo, cerrando los ojos o quedando mudo, sino que juntos sean protectores de las demás creaturas, los unos de los otros.

 

POCO O MUCHO, NO IMPORTA.
DONAR ES UNA ALEGRÍA